La noche estaba siendo aburrida e incomoda. En la Avenida del muelle, junto a la calle Ancha o junto al cruce de Rosario con Factoría de Matagorda, pasamos un rato demasiado largo y frió esperando a que no sé quien venga para que alguien, que me recuerda a José Ortega, le venda no sé qué. Yo digo de irnos pero mi primo Josemi insiste en que solo serán unos minutos.
Entonces mi madre se queja de una forma dulce. Me pide que quite las mijitas del fregadero atestado de tiestos de mi compañero Juan en Edimburgo. Lo hago a regañadientes y pongo el lavavajillas que he de apagar al poco, pues este a a dormir y no quiero molestarle.
Y en eso estaba cuando:
Y ahí estabas tú. Con tu rojo vestido color carmín, una rosa roja y tu rojo carmín. Al fondo mi amigo Jaime, en sis mejores tiempos, con si chaqueta verde gastado y si palestino al cuello y su coleta.
Me echo a llorar, pero no de tristeza. Me derrumbo y los ojos se me llenan de lagrimas.Y sentado cerca del suelo espero a que te acerques. Entonces descubro cual es para mi la felicidad. Te acercas sonriendo con esa cara de entonar un "sorpresaa" y despacio me das un enorme y sonoro beso rojo. Siento el calor de tus labios sobre el lado de los míos, no en el centro, pero no importa. Entonces siento que un beso cálido y jugoso me mancha, como si llevaras demasiado carmín solo para ese propósito. Para que ese beso se grave y me acompañe y entonces vuelvo a llorar, pero de alegría.
Al poco se acerca mi madre. Su cara refleja sorpresa y desconcierto al verte, pero en seguida alegría al ver la mía. No podría ser más feliz. Y entonces despierto. Y escribo esto para retenerlo mientras pueda. Son las 4:30 am y estoy en Edimburgo, lejos de tus besos en el espacio y en el tiempo, y entonces lloro otra vez.
─Edimburgo 14 de Julio de 2018, 4:30am.